jueves, 17 de enero de 2013
Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde, o simplemente lo sabía pero no pensaba que lo perdería.
¿Te acuerdas cuando eras un niño y jugabas con ese tren? Si, apareció así de repente una tarde de abril sin saber por qué. Llegaste a tu casa y lo pusiste a funcionar. Divertido, ¿verdad? No hacia más que girar y girar, pasaba por tu lado cada minuto y tú lo intentabas coger y era sencillo. El tren iba lo suficiente despacio para que lo atrapases. Y lo cogías, y lo abrazabas, porque hasta llegó a ser tu juguete favorito. Todos los días durante tres meses jugaste con él. Unos más y otros menos. Hasta que un día apareció el Ferrari tele-dirigido. Y te ibas cambiando, una semana tren, otra Ferrari. Hasta que un día, por mirar como a tu Ferrari le colocaban un volante nuevo, olvidaste poner una vía al tren. ¿Y que paso? El tren se estrelló. Baah! Da igual, ¿no? siempre te queda tu Ferrari con su volante nuevo. Llegó el día en el que tu Ferrari se perdió y quisiste jugar con tu tren. Lo arreglaste pero algo cambió. El tren iba muy rápido y no eras capaz de alcanzarlo. Es ahí cuando te das cuenta de que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde o, quizás sabías lo que tenías pero nunca pensaste que algún día lo perderías.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario