Resultó que esa pequeña parte que se llevó era una parte de mi corazón. Sí, suena a tópico, pero no lo es. Se llevó mis ganas de sonreír por nadie que no fuese él. Se llevó mis ganas de soñar un mundo en el que no estuviera él. Se llevó la mejor parte de mí y no tiene intención de devolvérmela.
Por eso, odio la forma en la que me hace sentir aun cuando ya no está conmigo.
Odio la forma que tiene de sonreír y hacer que yo sonría con él.
Odio la capacidad que tiene de hacerme dudar de si estoy en un sueño o es real lo que vivo con él.
Odio la forma en la que me mira porque me hace sentir como si fuera la única en su vida y no es así.
Odio la forma en la que me miente como si dijera la verdad.
Odio que me hable como si entre nosotros no hubiera pasado ni la más mínima tormenta.
Odio la manera en que se ríe porque, en el fondo de mi alma, algo me detona.
Odio que se muestre invulnerable ante cualquier cosa.
Odio su manera en la que todo parece que le da igual, que no le importa.
Pero, lo que más odio, es que no puedo odiarle lo más mínimo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario